sábado, 22 de noviembre de 2025

Mi encargo a mamá

 

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    Por estos días, pero hace treinta años Metallica sacó a la venta su emblemático disco Master of Puppets. De esto, quizás ha visto que de ello han dado cuenta distintos sitios de Facebook.

    Este grupo entonces, mediados de la década de los ochentas, en Guadalajara era algo como el secreto mejor guardado de los adolescentes metaleros, la mayoría hablaban de ellos pero debido a que sus discos no eran editados en México, pocos los habían escuchado. Una especie de mito musical el cual muchos deseaban compartir.

La anécdota personal va mas o menos así:

    Entonces, como se dice trilladamente, eran “otras épocas”, si te gustaba un tipo de música o buscabas un grupo, debías “escarbarle” en las pocas tiendas existentes para encontrarlos, acudir a los amigos para que te lo prestaran o lo grabaran en caset, o de manera extraordinaria, pedir a alguien que te trajera el disco de Estados Unidos.

    Y ese era el caso: allá por el verano de 1986 mi madre tenía planeado viajar en compañía de unas tías a Los Ángeles, California, y yo, consciente de la oportunidad, tenía como único encargo que me trajera algunos elepés de rock pesado. Para asegurarme de que no se confundiera, le di unos recortes con las portadas de los discos que venían en una de mis revistas Circus que a veces adquiría en un quiosco de revistas del edificio Mulbar, en el centro de la ciudad.

    Llegó el verano, mi madre salió de viaje y yo pasé en el pueblo las tres semanas con mi padre, esperando el regreso de mi mamá, y mi encargo.

    A su regreso a Guadalajara, mas allá de su retorno, recuerdo el memorable momento en que abrió el beliz y me entregó los discos. Eran tres, el último de Accept, uno de Slayer y el master of puppets. Me dijo que el señor de la tienda le había advertido que era un tipo de música que estaba prohibida por el gobierno y me señaló la etiqueta pegada en la portada de uno de los discos, algo como “contenido explícito, supervisión paternal sugerida”. No dije nada, sonreí, tomé los discos y me fui a encerrar a mi cuarto a abrirlos y escucharlos.

    El caso es que, siendo como era, de la “vela perpetua”, me cuesta trabajo imaginarla pidiendo que la llevaran a una tienda especializada de rock, que se presentara ante el dependiente y quien sabe cómo se diera a entender para preguntar por los nombres de los grupos y de los discos, no puedo creer que haya visto las portadas con “chamucos” y que aún así los pagara y saliera con ellos.

    Ahora cuando veo los discos, porque aún los conservo, valoro ese detalle que tuvo mi madre, se impuso a sus particulares posturas éticas y religiosas para ofrecerme una bastante peculiar expresión de cariño.


(Publicado originalmente en Facebook el 2 de marzo del 2016)

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