 |
| Hacer click para agrandar |
A mi primer stéreo…
Un “tocadiscos” como aquellos de las películas de César Costa y un radio AM FM donde sintonizaba el canal 58 fueron durante muchos años los aparatos donde escuchaba música. En la secundaria, ya empezándose a definir mis gustos musicales, mis limitadas opciones eran, o que conocidos me “grabaran” sus discos, o tener que pedir a mis padres que me llevaran a oír a casa de algún familiar mis -únicos- Lp´s (uno de Air Supply y otro de Electric Light Orchesta). Entonces los estéreos modulares conocidos en México eran los modestosPanasonic y los Zonda, y en contraparte unos equipos de grandes bocinas marca Gradiente, - que casi boquiabierto iba a mirar una y otra vez en Musical Lemus de Plaza México-, además de excepciones como losSanyo, Hitachi o Sony traídos a particulares a la manera de lo que se calificaba como “fayuca”.
Fue hasta 1985 cuando mi padre por fin accedió a mi ya reiterado clamor: En vacaciones de verano una prima que venia de Estados Unidos llegó al aeropuerto con una encargo especial en sus maletas: un mini-componente marca Fisher, equipos de sonido muy novedosos entonces. Este en especial, negro con focos ledsverdes y rojos, tornamesa linear, bocinas de diafragma plano y doble cassetera, y sobre todo un sonido espectacular, al verlo -y escucharlo- me “voló” de inmediato la cabeza y se convirtió al instante en el centro de mi universo.
El primer disco ahí reproducido fue uno del japones Tomita, The Firebird, que teníamos en casa, pero al siguiente día me embarcaría hacía las tiendas del centro de la ciudad a comprar mis primeros discos para la memorable ocasión, el Blackout y el Animal Magnetism de los Scorpions… seguidos al par de semanas por elDefenders of the Faith de Judas Priest y posteriormente una muy vasta lista, costeada por todo aquel dinero que llegaba a caer en mis manos. A partir de entonces, y después de prácticamente requisar el aparato en mi cuarto, mi vida giraría en torno al rock pesado y a mi creciente colección de discos del género.
El ocio diario, antes acaparado por la televisión, se empezaría a nutrir de sesiones extáticas de escucha de rock de hasta tres o cuatro discos seguidos, el intercambio de prestamos de discos con amigos y conocidos y la grabación de cassettes con mis propias selecciones musicales. En torno a todo esto se gestaría poco a poco toda una parafernalia “metalera”, expuesta sobre todo en mis cuadernos y las paredes de mi habitación; situación que me vendría a ubicar, a la vista de los adultos cercanos, dentro del grupo de adolescentes “solitarios e incomprendidos”. En mi forma de concebir la vida entonces, yo ya era todo un rebelde.
A principios de la década de los noventas, y con el arribo de los discos compactos, mi colección de Lp´s se empezaría a ver -y oír- caduca, meses después , y para no quedarme “atrás”, le añadiría a mi equipo de sonido un sencillo auxiliar de cd´s marca Philco, gracias de nuevo a la tolerancia sin limites a “mi ruido”por parte de mis padres … otra época de afición a la música rock daba inicio, la sustitución de varios de aquellos añorados acetatos por sus versiones en disco compacto y el ingreso a otro tipo de música, ahora en soporte digital.